Yo guardaba
encerrado en el alma
un
beso tan grande
que
quería romper las paredes
de
su estrecha cárcel;
era
el beso que nace tendiendo
al
cielo las alas,
casto
y limpio, sin mezcla ninguna
de
cosa manchada;
ese
beso que fingen a veces
en
sus labios tímidos,
cuando
sueñan con ángeles rubios
los
niños dormidos.
Una
noche de invierno, mi madre,
herida
de muerte,
me
pidió el beso aquél, en sus vagos
afanes
de fiebre;
cuando
trémulo quise de cerca
contemplar
su rostro,
ya
tenía el silencio en los labios
y
el frío en los ojos.
La
besé con delirio, juntando su boca y la mía,
por
cerrarle el camino a aquella alma
imán
de mi vida.
¡Oh,
qué lucha entablaron entonces
el
alma y el beso!...
¡Todo
inútil!...El alma en las sombras
burlaba
su encuentro;
Un
instante de angustia; un momento
de
mortal congoja,
y
aquel beso tan grande caía
con
las alas rotas.
¡Madre
mía: los besos que han dado
mis
labios después,
sólo
han sido pedazos de beso,
pedazos
de aquél !.