Viernes 09 de Mayo 2008

Alfonso Gumucio-Dagrón

Alfonso Gumucio-Dagrón nació en La Paz en octubre de 1950. Poeta, ensayista, escritor, periodista, cineasta. Entre 1970 y 1971 tuvo a su cargo la sección cultural del anterior matutino La Razón. En 1980 figuró en la planta de redactores del extinto Semanario Aquí, dirigido por el jesuita Luis Espinal, asesinado por paramilitares en marzo de ese año. Ha sido columnista del también desaparecido periódico Última Hora y colaborador de diversos periódicos en Bolivia y México, donde se afincó tras ser exiliado por la dictadura en 1980. En 1976 se graduó en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París. En 1982 recibió el Premio Nacional de Literatura de ese país, donde reside aún, con su relato testimonial La Máscara del Gorila, sobre el sangriento Golpe de Estado del 17 de julio de 1980. Es guionista y realizador del documental “Señores Coroneles, Señores Generales” (1976), ácida crítica a las dictaduras.

Obra en verso: Antología del Asco (La Paz, 1979), Razones Técnicas (La Paz, 1980), Sobras Completas (México, 1984), Sentímetros (La Paz, 1990) y Memoria de Caracoles (2000).

Obra en prosa: Provocaciones. Entrevistas a Escritores Bolivianos (1977), Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979), Los Cines de América Latina (1981, en colaboración con Guy Hennebelle, en francés), Bolivia (1981), El Cine de los Trabajadores (1982), Historia del Cine Boliviano (1982), Luis Espinal y el Cine (s/d).

Van seis poemas de este autor extraídos de Sobras Completas (Palabra Encendida, Federación Editorial Mexicana).

Materia prima

Ave que planea, pleno acto

destello que no desciende

insensible llamado al iris

explorador en la arqueología

que fundo sobre la marcha.

Para los cimientos

quiero una amapola, exijo

su veneno, una lágrima suya

un símbolo, un signo oscuro

que yo aclare

un cuarzo bruto que yo logre

o quiebre torpemente y disuelva

líquido en mis huesos

sangre en mis alvéolos.

Sobre este reflejo de papel

tiemblan helados mis dedos

y reposa mi rostro, el incompleto.

Pobre hombre avaro aquel

que nada tiene que decir, que nada

en el vacío azul de las palabras.

Ira por las formas

Sólo una forma

caduca, una condena, otra

barrera de miedo

que niega oxígeno al poema

diamantina cruel cadena

echando tierra y torpeza

sobre el cuerpo abierto del verso

destruyendo la magia de su voz

odiándolo.

Polvo negro

Camino con un agujero

en el pecho y en el bolsillo

más grave, siento mi piel quemada

una carta desgarrada, una llave fría

una estampilla burbujeante.

Recorro un pasillo de hambre

una penumbra que inventa

con fría lógica

siete puertas blancas condenadas.

Medianoche en las uñas

y en los ojos hollín

pelusas de carbón, polvo negro

que mi puño apretado advierte

que mi cuello áspero, que mi camisa

que mi nariz cerrada advierte.

Advierte el polvo negro

que burla el aire espeso

el verano fugitivo

en tumbos de campana

círculos de relojero

espirales de agua pesada

desde una torre blanca aún

se me cae encima sin remedio

el polvo negro que mi pecho advierte.

Tregua

Centinela con pies de barro

cazador sombrío lagarto

irrupción fugaz en el poema

cantando, ¿a dónde ir?

si la noche nos pisa los talones

vientre absoluto, útero vaciado

nos hiere, se adelanta siempre.

Somos los insaciables

los sin sal

bebiendo del mezquino simulacro

de la vida, sedientos siempre

en agonía.

Una postergación, una tregua

a la memoria fiel y traidora

a la grasa ventricular

al polvo y al miedo horizonte

una tregua entre

las garras pequeñitas

que nos muerden el alma y

las hormigas del tiempo.

Fin de luz

La tierra se cierra sobre sí

se entierra oscura, gris

parto invertido, retorno sin estigma.

Tuvo tanta luz esta tarde

que en minutos ha muerto

aleteando vencida

de un campo a otro del espejo

paloma sonora, ahora

terriblemente fría estalla

en llamaradas aladas

densas algas contenidas

espumarajos eléctricos.

Tuvo luz la tarde

que en mi reloj ha muerto.

Sol al viento

Cortando tus fibras rígidas de arena

voy dominándote ventarrón azul

desde mi celda, desde el núcleo sereno

desde mí mismo.

Corcel desbocado de espinas

invasor de espigas pletóricas

destrozas mástiles verdes

quiebras pompas de sueño, huyes

quejido ronco de la noche.

Al alba sigo tus pasos, fugitivo

en el dolor de un ala quebrada

en el aroma húmedo de una tibia flor

regada en pétalos, dormida

sobre los charcos del camino.